miércoles, 18 de agosto de 2010
Cuando descansa el elefante
Sobre sus espaldas, el gigante los acuna, y su paso los mece. Miles de personas se agolpan, confundiéndose en una masa abigarrada; un escritor de ciencia ficción abraza una máquina de escribir, un pescador japonés enseña el oficio a su hijo, un joven actor bebe vino en una bañera, hay también un loco y una niña que envejece de súbito. Un gato se pasea entre las piernas de todos, enigmático, y otra niña con un globo se entretiene buscándolo.
Entre los breves espacios huecos se adivinan, desperdigados, aquí un libro, allí un paraguas roto, más allá un jersey, o tal vez dos calcetines. Arriba, surcan el cielo los aleteos de unas palomas bien alimentadas, y se escuchan sonidos urbanos: un estornudo, un lloro compartido, la tonada de un reloj suizo.
En el camino también, próximas al animal, caminan las personas que lo alentaron a tomar el viaje, aquellas cuyas palabras le infunden fuerza, y a ellas les agradece en silencio con sus ojos antiguos.
Entonces ocurre, justo después de un año desde que iniciaran el viaje, que el elefante recuesta sus patas, hace un alto en el camino, y descansa. El elefante descansa.
miércoles, 11 de agosto de 2010
Hombre dando de comer caviar a las palomas
Fue conocido en su instituto mayormente por su afición a leerse los libros al revés y por escribir con las dos manos de forma alterna, un párrafo con cada una; así no pertenecía al grupo de los zurdos ni de los diestros.
Más tarde, a medida que fue creciendo, lo hicieron también sus manías; son muy conocidas en su vecindario las rarezas que representaba muy a menudo: le habían visto batir huevos en la parada del autobús, pasear un centollo, lavarse los dientes en una cabina telefónica, y tocar una guitarra sin cuerdas con un letrero que decía «la música se lleva por dentro». Y luego estaba su apariencia. Ya llevaba pajarita con chándal, o combinaba colores imposibles, o usaba zapatos de distinto juego, o llevaba media cara con barba y la otra media afeitada. Era un hombre con insaciable curiosidad, y en todos sus quehaceres buscaba siempre la oportunidad para crear algo nuevo.
Nunca aprendió a conducir, ni cogía el transporte público. Cuando se disponía a salir a la calle, lo hacía siempre a horas poco comunes y por calles poco concurridas.
Había despertado en sus vecinos una curiosidad morbosa, y a cada vez que salía de casa las mirillas se copaban con ojos ávidos de cualquier cosa estrafalaria. Y siempre las había. Unas veces Emilio, que vivía en un quinto, subía los escalones de espaldas, otras, utilizaba de forma alterna el ascensor y la escalera, así pues, subía un piso andando y el otro en ascensor. Otras veces se santiguaba en cada rellano, o recitaba poesía, correspondiendo a verso por escalón. De todas formas no le gustaba tampoco repetir sus propias excentricidades.
No conocí a nadie igual, tan en constante huída de las costumbres y de la práctica común, tan distante del comedimiento y de las normas. Emilio era así, pero no lo empujaba a ello un afán de destacar, ni siquiera se trataba de una protesta contra el sistema. Simplemente adolecía de una enfermedad aún no catalogada, que le obligaba a romper en todo momento con los condicionamientos sociales. Esto era cierto hasta tal punto que si, por ejemplo, en el supermercado se sentía actuar igual que los demás por llevar carro, le invadía una náusea, y entonces se deshacía del carro al instante y cargaba los productos, que se yo, metidos en calcetines. El problema que Emilio tenía era este, que por su condición de trasgresor exacerbado, sufría una desazón cuando en ocasiones no tenía más remedio que actuar según la mayoría.
La primera vez que lo vi estaba sentado en el banco de un parque, dando de comer a las palomas, y les daba caviar. Meticulosamente acercaba una cuchara a la bandada y, unas más tímidas otras más enérgicas, todas iban a picotear las huevas. Me senté al lado, con el leve apercibimiento de que había algo de arte en todo aquello.
Le dije:
— ¿Por qué das caviar a las palomas?
El hombre no habló en algún tiempo, y cuando lo hizo, me miró a los zapatos de forma que parecía que les hablaba a ellos:
— Gente que les de pan ya hay mucha.
Y luego me sonrió, bueno, no a mí, a mis zapatos, de una forma un tanto pícara, pero sin maldad. Más allá de su enfermedad, y esto solo lo sospecho, sentía un cierto regocijo al dejar perplejos a los que eran testigos de sus acciones.
Emilio murió como muere todo el mundo, eso no pudo evitarlo. En cambio si dejó escrito que alguien, quien fuera, mezclase sus cenizas con pintura y dibujase un cuadro. Resultó un cuadro famosísimo, y hay quienes le pusieron cifras altísimas para un cuadro así, pero era enigmáticamente bello, decían. En él aparecía un hombre sentado en un banco de un parque que daba caviar a las palomas. Yo lo pinté.
miércoles, 4 de agosto de 2010
Hojas de otoño
— Morirá cuando beba agua mientras suene Hojas de otoño dentro de un coche.
En sus horas de conducción, durante los setenta y siete años de vida que tenía, había bebido ciento siete veces, y escuchó aquella canción unas treinta y cinco, pero que se diera el caso de que coincidieran ambas, y dentro de un coche, solo ocurrió una. Aquel día, un vehículo, sin conocer nadie las circunstancias, se metía en dirección contraria.
miércoles, 28 de julio de 2010
Un día en ABCD
Afuera, mi bólido; un coche en desuso, con abolladuras y bastante cascado. Dentro, me abrocho la banda del cinturón y después arranco. Bordeo la carretera que se desvía a la autopista y bajo a la ciudad.
Después de aparcar, ya en el banco, camino directo al ascensor, busco al capataz y me dice que analice los balances. Cierro mi despacho y aguardo al bocadillo de chorizo del descanso, algo buenísimo. Cuando me dispongo a acabar los balances, me comunican el despido. Aguanto el berrinche que el capataz me dedica, me atuso la barba y creo decir o apenas balbucear un “cállate”. Me deshago de algunos bártulos, y en una caja deposito unos archivos, bolígrafos, el celo y los dibujos de mi ahijada.
Bajo al coche y me dirijo abatido al bar más cercano. Después de acercarme a la barra, el camarero me dispensa alcohol y bebo. Unas cervezas después, y algo beodo, conduzco en dirección al apartamento. Los botes de la carretera me deprimen más, y acelero bruscamente. Curva a la derecha, adelanto a una bici, continúo dándole al acelerador, un bache, curva, más deprisa, y me abalanzo a un barranco.
Cuando despierto, amanece. Hay bacalao para comer, dice Ana. Basta su contacto para darme ánimo, me besa en la cabeza y me da agua. Bebo con cuidado y despacio. El accidente…barranco… me caí, le digo. Acabaste bien, contesta, descansa.
Ahora bendeciré cada día.
miércoles, 21 de julio de 2010
Al lloro de los descreídos
Celestes brazos retuercen su garganta dura
Criaturas aladas, ángeles matadores
Y se pierde en el cielo la buenaventura.
Son los hijos de la fe perdida, que ahora mudan
Son los huérfanos de Dios que a medrar empiezan
Son los querubines parricidas que despiertan
Y que ahora se burlan de los hombres cuando rezan.
Se disponen ellos a despoblar las alturas
Hatillo al hombro y con las alas desplumadas
Van a caer a la tierra, nacidos de nuevo
Con manos desnudas y creencias olvidadas.
Y deambulan por las calles sin ningún cobijo
Perdidos desertores, dejando atrás un hogar
El óbito divino les llega, alicaídos,
Cuanto de fe hubo en ellos, ya no la habrá más.
Arcángel que te emborrachas en los bulevares
Bebes, y bebes para borrar la vieja gloria
Con las canciones muertas de tristes exiliados
Ahora sufre el cuerpo, ahora sufre la memoria.
Cuando ya pasan los días desde que te fueras
Y percibes del alma los primeros barridos
Sientes caer, a tu carne, una nube de plomo
Y a ahogarte vas al lloro de los descreídos.
miércoles, 14 de julio de 2010
Baños de humo y Jazz
Aún así, de este habitáculo, que cualquiera podría juzgar de insignificante, puede aflorar la vivencia de millones de atardeceres, de miles de olas de mar, de cientos de montañas. Una hora, música de jazz de una cinta antigua, una vela, un puro, vino, mi hermano en la bañera pueden superar estos segundos a montones de años de existencia humana. No es que se de la genialidad, solo que tan caprichosa es la numinosa voluntad del arte y de lo bello, que bien pudiera darse aquí, tanto como en el despacho de una gran eminencia, o en la acera de enfrente, o en varios sitios a la vez.
La vieja cadena de música escupe ondas, que son música, que rebotan de las paredes a nosotros. Nunca será igual la música, ésta que ahora se agolpa a nuestro alrededor, muere en el preciso momento en el que la escuchamos; nosotros, al escucharla también lo hacemos, morir. ¿Por qué temer la muerte entonces si es lo único que nos inclina a la vida?
Así, como no pueden despertar los que no duermen, la muerte nos hace entrega de la exquisitez del instante, de la culminación del momento único; los segundos lánguidos, minutos perecederos horas moribundas, días que se extinguen y vidas que tiemblan y se apagan con la idéntica celeridad de una vela. Nuestros ecos se reducen a sombras chinescas en la pared, entonces la muerte es nuestra mejor aliada. A nada debemos de temer más que a la inmortalidad, tonto de Aquiles que reniega de Tánatos y sus encantos; pero ella es benévola con todos y hasta él fue conocedor de sus favores divinos.
Muera el hombre y su vida habrá sido engendro de la virtud de existir, quede con vida y se habrá creado el lastre de sus propios actos, terminando arrastrado de las repetidas existencias, e inmune al apoteósico final, del cual se quedará sin tomar parte. Al tenerlo todo, no tendrá nada.
Y la genialidad se dará siempre allí donde haya un momento que se extinga; con un hermano, con vino, un puro, una vela, una cinta antigua de jazz, un suelo, un techo, cuatro paredes.
miércoles, 7 de julio de 2010
Oda a una ventana
Una ventana puede ser solamente una ventana, pero puede ser también un hálito de vida; cuando de entre su inerte cristalera se cuelan, surcando la entraña, una brisa agradable o quizá unas gotas de agua.
Una ventana puede ser solamente una ventana, pero puede ser también una muchacha que se maquilla la cara; es curioso como al solaz de la jornada el rostro se le adorna por momentos, o una mujer coqueta; tan rápido se viste y desviste de los cielos distintos como se engalana con los danzarines toldos de otras casas, o el agitarse de unos árboles o un pasar de palomas.
Una ventana puede ser solamente una ventana, pero puede ser también pintura en movimiento; como una lienzo que todo lo reproduce, y en cuyos trazos se dibuja un paisaje infinito, de la misma forma que un fotograma es inacabable o una mirada incompleta.
A ti te hablo, que eres nacida de un surco entre paredes, tú, hija de mil cuadros, mujer presumida con pelo de cortina, ventana de noche o de día, que ya eres lumbrera de madrugada o portillo nocturno, a donde van a maullar los gatos. Ya acunes en tu fondo un campo tranquilo o agites en tu fuero una ciudad bulliciosa, a ti te escribo escaparate de vida, ventana de todas las horas, y que a través tuyo he visto crecer el mundo.
Como quiera que sea tu nombre, ventanuco, tragaluz, claraboya, mirador, me imagino cuanta gente estará ahora mismo asomada. Si alguna vez quiero sentirme libre, solo tengo que mirar una ventana.
miércoles, 30 de junio de 2010
Cuando hierve la tinta
Es el mal del escritor.
Puede sufrirlo a cualquiera que sea la hora, en el más insospechado de los lugares; venirle los padecimientos una tarde en el cine, o en el desayuno de la mañana, e incluso cuando está dormido. Es en ese momento en que se siente bullir despabilado un brote de ingenio, como si algo corrosivo surcase los entresijos del cerebro; cuando se nota pugnar las palabras por salir al exterior es que tienen que ser escritas. Y te muerden si no lo haces.
Se sufre el ataque de una insistente corriente de asociaciones, las expresiones se agolpan a punto de estallar en la boca, y un punzante bolígrafo se adhiere raudo a la mano. Las piernas, autómatas, se orientan al escritorio, la silla se agarra el cuerpo, los brazos se predisponen, la vista se lanza al folio en blanco. Imposible conciliar el sueño, todo lo demás está fuera de lugar. La ilusión lo absorbe a uno y la idea deja de ser suya, ahora es él el que pertenece a la idea.
En breve, y de forma acuciante, se advierte el deslizarse de letras caprichosas, trazos agresivos que roen el papel hasta deslustrar lo blanco y convertirlo en un sinnúmero de rayas de tinta. La mano agitada anotará frases que ni siquiera se habían pensado y palabras que ni se recordaban aprendidas. Y unas pulsiones desconocedoras harán mella en lo oculto de cada uno, todo mientras dure el delirio. Amigo, entonces se estará rasgando el Velo de Maya, porque no escribe uno, sino el otro.
Cuando tiene lugar el fin del sortilegio uno se despierta como de una borrachera. Siente jaqueca, le duele el cuerpo, le cuesta reincorporarse al mundo de lo físico, y descubre ante sus ojos una pila de hojas manchadas.
miércoles, 23 de junio de 2010
Todos los hombres con bigote
Atravesé las estancias de mi casa hasta la cocina, quise preparar café pero no pudo encontrarlo. Abrí la nevera y comprobé confuso que unas latas que nunca había visto ocupaban todas las bandejas; parecían de bebida, cogí una y la probé, no sabía a nada. Aún adormilado eché un vistazo al salón y lo encontré raro. Sospeché entonces que no era yo que estaba aturdido, algo había de extraño en lo que me rodeaba. Como si alguna cosa no encajase. Todo estaba en su sitio, sin embargo… Entonces me senté en el sofá y encendí el televisor.
La primera imagen era la de una mujer, atractiva; vestía de un rojo pálido, tenía el pelo negro y lo llevaba recogido por una coleta, los labios los tenía pintados del mismo rojo del vestido y sus ojos eran marrones. Hablaba del tiempo. Cambié de canal, la misma mujer aparecía ahora anunciando un coche, un deportivo blanco. Llevaba el mismo vestido y tenía el pelo igual de recogido, como si no hubiese pasado un minuto entra una grabación y otra. Cambié otra vez de canal, volví a cambiar, y así muchas veces. En todos, uno tras otro, sin excepción, aparecía la misma mujer como duplicada por las ondas televisivas, siempre estaba ella.
Sin ni siquiera apagar el aparato me incorporé del sofá y me dirigí a donde unos cuadros de la pared me llamaron la atención. Tenían algo de familiar, pero a su vez, también los encontré desconocidos. Me sorprendió que uno de ellos fuera de aquella misma mujer, la de la televisión. El otro, aún más desconcertante, se trataba del retrato de un hombre de rostro frío, de nariz curva y mirada inquieta. Tenía el pelo corto, castaño, llevaba traje negro y corbata gris, y lucía un arreglado bigote. Un buen rato pasé mirando aquel rostro hasta que una voz, venida de algún rincón de la casa, me sacó de la abstracción, una voz de mujer.
—¿Por qué has encendido mis canales? —se escuchó.
Fui instintivamente a dónde la televisión, y allí me la encontré, a ella, siempre a esa misma mujer, pero esta vez en persona, en mi propia casa. Volvió su rostro hacia mí, esperando una respuesta mía que no llegó. Solamente me limité a mirarla con tanta fijeza como me era posible, como si esperase a que en cualquier momento se desvaneciera. Pero no lo hizo. Después de unos segundos de silencio ella cogió el mando y apagó el televisor.
—Sabes de sobra que tu mando es el azul —dijo.
Luego se dio la vuelta, y se internó en alguna de las habitaciones de la casa. ¿Qué estaba ocurriendo?, pensé. Todo aquello se ofrecía ante mí con una atmósfera ambigua. En parte reconocía mi casa, reconocía los muebles y creía reconocerla a ella, pero solo en parte. También parecía ser todo nuevo y desconocido, ajeno a mí, e irreconocible en tanto que a ratos me parecía estar en alguna otra casa. Algo aturdido me senté de nuevo en el sofá. Vi que sobre la mesa había un mando azul, y le di al botón de encender. Casi parecía la misma programación, los decorados, la música, las palabras, solo que en lugar de la mujer aparecía el hombre del cuadro, justo igual en apariencia. Como había sucedido con la mujer, él también ocupaba todas las sintonías, hablando de política o deportes o dando clases de gimnasia. Eso si, siempre de traje.
No puede ser, me dije a mí mismo, algo enfurecido. Entonces levantándome de golpe, me apresuré a salir de la casa, hacia las escaleras. Mientras bajaba, ni sabía cuantos pisos tendría que bajar, me preguntaba si lo que sucedía no podía ser un mal sueño, y en realidad estaba aún en la cama durmiendo. Pero en el fondo sabía que no.
Salí a la calle, a una avenida ancha, y tuve que andar unos metros hasta que quise darme cuenta de lo que ocurría. Todo era lo mismo.
A izquierda y derecha, todo el paisaje parecía ser una clonación de sí mismo. Las mujeres que transitaban eran todas esa mujer, y con los hombres pasaba igual.
También los edificios, de idéntico color y proporciones, y los coches, el mismo deportivo blanco del anuncio. Asimismo los balcones, los establecimientos, farolas, fuentes, adoquines, iguales hasta el último detalle. Caminé despacio y mirándolo todo, escrutando cada porción de imagen por si aparecía algo desigual, ansioso por encontrar a una mujer de azul, un hombre sin corbata, o un coche verde. Pero nada, centenares de siluetas copiadas unas de otras seguían su paso, inalterados; las mujeres de rojo, y todos los hombres con bigote.
Después de mucho caminar me detuve ante uno de los escaparates y me quedé atónito. Desde el reflejo sobre el cristal me llegó mi propia imagen, la misma de todas, aquella del cuadro y de la televisión, aquella que se contaba por millares en las calles; un rostro frío, de nariz curva y mirada inquieta. Un hombre de pelo corto y castaño, de traje negro y corbata gris, y con un arreglado bigote. No supe entonces si pensar que toda la demás gente se había vuelto como yo, o yo me había vuelto como ellos.
miércoles, 16 de junio de 2010
Diccionario patético
Rastsafari: Recorrido por la estepa africana exclusivo para gente con rastas.
Calentines: Calcetines que calientan.
Ciclopedia: Enciclopedia para gigantes de un solo ojo.
Surfnormal: Alguien idiota que practica surf.
Astrohúngaro: Sol de Hungría.
Caravana: Rostro que no dice nada.
Cableado: Chino con enfado.
¡Ay, mi arma!: Expresión que utiliza un soldado andaluz para dirigirse a su rifle.
Table Dance: Lugar donde las mesas bailan.
Agua-cero: Cuando no llueve nada, sequía total.
Extintor: Alguien que en otro tiempo vendía tinta.
Enchufa: Corriente de alimentación que sirve para hacer horchata.
Pordioseros: Gente desprovista de erotismo, de ahí la súplica a los dioses “¡Por Dios, Eros!”
Manifiesta: Ocasión de celebración y jolgorio para las manos.
Menoscabar: Ahondar en la tierra en menor grado.
Fraudulento: Estafa que tarda mucho en ejecutarse.
Shiva: Diosa del impuesto sobre el valor añadido.
martes, 8 de junio de 2010
Los Nuevos Estilitas
Es pequeño, la pintura de las paredes está desgastada, hay humedades en el techo, algunas bombillas están fundidas, huele mal y no está amueblado, pero no me importa, no pienso quedarme mucho.
Hace tiempo que no estaba solo. Me siento en una silla polvorienta y leo el periódico; esta mañana han ingresado a otras tres personas por lo mismo, y anteayer murió otra más, todas en esta misma ciudad. «Es nada menos que alarmante el incremento de los llamados Nuevos Estilitas» leo en el titular, «…seguramente debido a un rechazo cada vez más pronunciado hacia la sociedad» Otros diagnósticos aparecen en el artículo: alienación grave, falta de identificación con su entorno, desencanto general, autoflagelación.
Igual todos son ciertos.
El resto del periódico no me interesa y lo dejo en el suelo. Pienso en que esto no es nuevo, la historia siempre las ha tenido: personas que sufren por voluntad propia. Existen, sean cuales sean los motivos, por espectáculo, por fama, por placer, por creencias religiosas, por una protesta o por dinero.
Houdini, al que sus retos le valieron la fama mundial, murió de peritonitis a causa de que un tipo le golpeara, de forma pactada, para comprobar su resistencia; “Cannonball” Richard detenía balas de cañón con su abdomen; Alvin “Shipwreck” Nelly estuvo sentado cuarenta y nueve días en el asta de una bandera, y Annie Taylor, una profesora de sesenta años, cruzó las cataratas del Niágara metida en un barril. Los hay que por devoción, se acuchillan el cuerpo o se aporrean la cabeza.
Simeón, llamado “el estilita”, pasó treinta y siete años viviendo sobre una columna, como penitencia. Luego, otros de su mismo tiempo le imitaron.
Ahora, mucho tiempo después, existe un grupo de gente, los Nuevos Estilitas, y según las noticias cada vez en mayor número. El “método”, muy sencillo; uno empieza tirándose desde un primer piso, una vez conseguido tiene que tirarse de un segundo piso, luego de un tercero, y así hasta donde cada uno pueda.
Algunos han dicho que es un suicidio camuflado. Estoy de acuerdo. Pero encuentro que hay algo bello en eso; no tan solo como una forma de pronunciarse en un mundo que no escucha; sino como algo exclusivamente nuestro, del ser humano, nuestro sufrimiento voluntario; un oso nunca metería la pata en un cepo aposta. Es un reto como el de Simeón, o como el de Cristo cuando se internó en el desierto.
Me levanto de la silla; después de años de rehabilitación las piernas aún me flaquean un poco, pero puedo avanzar unos pasos, los suficientes hasta el balcón. Soy Samuel, uno de los Nuevos Estilitas; quizá bata un record dentro de unos minutos, quizá mañana salga mi nombre en las esquelas. Todo lo demás no me importa.
miércoles, 2 de junio de 2010
Bohsumán «el de la muerte dulce»
Cuando la fiebre le daba tregua, el enfermo podía escuchar de fondo cómo la gente, su pueblo, se arremolinaba en torno a la casa, suplicando a los dioses que se recuperara. Un día dijo:
—Falta poco ya para morirme, querría aprovechar este tiempo.
Y así, uno de los días pidió Ramán ver a sus animales, a los que habló y acarició efusivamente; al siguiente quiso saludar a aquellos que habían venido a verle, y recibió todo tipo de dádivas y agradecimientos; al otro lo pasó con su esposa, y se bañaron juntos y se rociaron esencias y aceites, y compartieron lecho; al cuarto día quiso que le dejaran solo, y no se le vio hacer nada, salvo murmurar para sí, con los ojos cerrados.
Al quinto llamó a Negoy, que entonces contaba ya con veinte años, para que le acompañase en sus aposentos. Toda la mañana estuvieron juntos, aunque no se hablaron; cada uno inmerso en sus propios pensamientos. Tan solo a veces se miraban el uno al otro, cuando el hijo le llevaba al padre un vaso de agua, o algo de comida.
Cuando ya atardecía, se acercó el hijo a donde yacía tumbado Ramán.
—Sabes papá,—le dijo, mientras miraba a la gente por la ventana—, la tuya va a ser una muerte recordada.
—Toda esa gente de fuera —continuó hablando Negoy— tiene algo que agradecerte, así que entiendo que no soy el único que pierde un padre. Has sido muy fuerte, y creo que ahora te preocupa irte por lo que pueda pasarnos a los tuyos sin tí. Pero créeme, no has podido hacerlo mejor, te vas con una nación que te quiere, una esposa que te ama y un hijo que te adora. Gracias.
Entonces Negoy puso la mano en la frente de su padre, y a la vez que esbozaba una sonrisa, le dijo:
—Puedes irte padre, pues ya has cumplido, y la tuya será una muerte dulce.
Ramán sonrió también, y se entrevió un destello en sus ojos.
—Entonces recuerdas lo que dije a los elefantes… te quiero, hijo.
Y así Ramán abandonó el mundo, y el pueblo le lloró durante un tiempo, recordándole, gracias al relato de Negoy, con el último de sus nombres, Bohsumán «el de la muerte dulce».
martes, 25 de mayo de 2010
Sartyanemán «el de las cinco castas» Parte VII
—A la vuelta nuestro hijo llorará —le había dicho un día antes—, pero habremos de dejar que lo haga en solitario.
El poco rato se presentó Ramán en la habitación y le contó su viaje con Negoy, y los dos pasaron la noche en vela, escuchando los sollozos de su hijo, hasta que al final éste se durmió.
Al día siguiente se despertó ella, y una vez se hubo lavado y vestido, fue a donde su hijo y lo encontró sentado en el suelo, las piernas cruzadas y los ojos cerrados.
—Es el Padsnem —pensó ella—, su primer recogimiento.
Y vio también que junto a él, también en el suelo, destacaban cinco objetos que luego su esposo le explicó: un libro de las sagradas escrituras, una espada, un cuenco de arroz, una hoz y una rata muerta.
Al cabo de un tiempo, Negoy se levantó y fue rápido a abrazar a su madre. No se sabe qué reflexión hizo el niño, o que pensamiento obró en él a raíz de la visita de las cinco castas, pero cuando ella, su madre, le miró a los ojos, supo que algo había cambiado, que ya no era el mismo niño.
Y la visita del Sultán de Jumea y su hijo a la otra ciudad se propagó en rumores, comentándose en todas partes; algunos, en verdad muy pocos, aprendieron de la enseñanza, y durante mucho tiempo se le conoció a Ramán como Sartyanemán «el de las cinco castas».
martes, 18 de mayo de 2010
Sartyanemán «el de las cinco castas» Parte VI
A cada paso que descubría el sufrimiento, un golpe de resignación actuaba en él, haciéndole amar menos el mundo y a sus semejantes. «¿Cómo será que odio y amo al ser humano cuando antes solo lo amaba?», pensaba, «¿pasará como con el higo, que a veces está amargo?» Pese a sus dudas, Negoy calló.
Padre e hijo continuaron por el sendero mientras la noche se hacía. Lo que había sido del alboroto diurno fue apaciguándose y los ruidos amainaron hasta que únicamente se escucharon los salpicares del río, que pasaba cerca. Cuando hubo oscurecido lo suficiente se prendieron las antorchas, y al cabo de un rato, como obedeciendo a un relevo estricto, se vio un grupo que se incorporaba al camino, casi arrastrándose.
—Son los Dalits, hijo —habló Ramán—, la casta que no es casta, los intocables.
Y como siguiendo a la palabra, se observaron algunos hombres que se salieron de la senda nada más ver al grupo. Negoy vio también cómo otras personas evitaban a toda costa tocarse con ellos, e incluso los había que se abstenían de pisar sus sombras. Pero nada de esto pareció importarles a ellos, a los parias, pues continuaban cabizbajos y con la mirada al suelo.
Cuando se acercaron a aquel grupo Negoy observó que eran cuatro. Uno de ellos, un hombre bajito que llevaba un palo de madera y un cubo vacío, dijo a Ramán:
—¿Qué clase de padre trae a su hijo a estas horas del camino, para que presencie la inmundicia? Nosotros, que salimos solamente de noche, lo hacemos pensando en la gente que así ha de vernos con menos frecuencia, y es más difícil que se mezclen nuestros alientos. Usted, que seguramente conoce que éste es nuestro paso, ¿no habría podido evitar esto yendo por otro sitio?
Negoy se fijo que su padre sopesaba las palabras, a la luz de las antorchas pudo distinguir, además de aquel hombre, a una mujer con un paño, a un niño que le faltaba un brazo y a un anciano con una jarra de agua, y que renqueaba fuertemente. Ramán contestó:
—Tanto mi hijo como yo hemos decidido venir voluntariamente a este lugar para encontraros a vosotros. Quiere conocer el sistema de castas, y hasta ahora hemos conocido a los Brahmanes, a los Chatrias, a los Vaishias y a los Shudras, ¿qué clase de padre sería si le vedase una parte de verdad a mi hijo?
El anciano miró a los demás, que estaban a sus espaldas, y cuando se volvió de nuevo le entregó el cubo a Negoy diciendo:
—Cómo queráis los dos, pero nosotros no somos ninguna casta, puesto que no hemos nacido de Brahma, sino del polvo.
Y así, Negoy fue el encargado de llevar el cubo, que luego descubrió que servía para llevar a los animales muertos que encontraban. Todo esto para mantener limpia la vía que otros utilizaban. El hombre que había hablado, junto con el niño, despegaba a los animales del suelo; la señora mayor pasaba el trapo húmedo, limpiándolo de la sangre reseca; el viejo se sintió aliviado cuando Ramán le cogió la jarra de agua. A menudo paraban, cuando el cubo esta lleno, y vertían los cadáveres al río. Esto duró hasta que amaneció, que Ramán y Negoy se despidieron de los parias y volvieron a casa. Cuando hubieron llegado, Negoy abrazó a su padre y lloró mucho rato, por el cansancio, por el asco de los cadáveres, por el miedo a la noche y por aquella gente que parecía no tener alma. Y lloró porque había comprendido.
martes, 11 de mayo de 2010
Sartyanemán «el de las cinco castas» Parte V
Desde que amaneciera los arrozales habían estado en continuo movimiento; hombres, mujeres y niños segaban, recolectaban, cargaban, en una agitación sin descanso. Desde lejos se asemejaban esas personas a una colmena de insectos atareados, por sus hoces diligentes, sus sacos cargados a la espalda, y sobretodo por aquellos rostros inexpresivos, callados y silenciosos.
Cuando Ramán y Negoy llegaron a media tarde apenas desviaron la mirada; cuando vieron que aquel hombre y su hijo se pusieron a trabajar junto a ellos ni siquiera cesaron en sus tareas. Mientras cargaba un saco, una señora les dijo:
—¿A qué habéis venido aquí?
—Queremos trabajar este campo como vosotros, por esta tarde.
Algunos que había cerca se volvieron ligeramente hacia ellos, pero aún con las manos ocupadas.
—¿Por qué? —dijo una muchacha no mucho mayor que Negoy.
—Quiero que mi hijo conozca la vida de los Shudras —contestó Ramán, y los demás callaron.
Y trabajaron toda la tarde, hasta que ya el sol les dejó por occidente, y la luz que hasta ahora les permitía trabajar la tierra les abandonó. Entonces se sentaron algunos sobre la paja y comieron algo.
Un hombre, después de haberse llevado algo de comida a la boca comenzó a hablar, mirando al suelo.
—Así que quieres ver cómo son los Shudras, niño. Nosotros, los que solo nacen una vez.
Varios de los que estaban de pie se sentaron, curiosos.
—Las castas superiores, la boca, los brazos y las piernas de Brahma, nacen cuando su madre les saca al mundo, y vuelven a nacer cuando se inician en su casta. Nosotros, los siervos y esclavos no tenemos ninguna categoría para ello. Nosotros, que somos la última casta, tenemos prohibido leer las santas escrituras, no nos es permitido tener ninguna propiedad, y hemos de exponer nuestra vida al capricho de las otras castas. No tenemos honor, ni integridad, ni derechos, ni puede mostrarse respeto por nosotros, pues así lo dicen las Leyes. Somos los pies de Brahma.
El hombre calló, los demás Shudras no dijeron nada. En sus caras se vio reflejada la amargura de quien recuerda de nuevo su propia desdicha, las palabras les habían hecho recordar lo mísero de su existencia.
Ramán, también afligido, acertó a preguntar:
—¿Has entendido esto Negoy?
Negoy, en su inocencia, en esa estancia breve que dura hasta que el entusiasmo de la vida desaparece, no pudo sino quedarse pensativo. Y vino a dar una respuesta, la respuesta más simple que a veces solo se encuentra en la cabeza de un niño.
—No lo he entendido padre —dijo, y varias caras se le volvieron —si me quitaran los pies yo no podría andar.
Algunos Shudras casi sonreían.
martes, 4 de mayo de 2010
Sartyanemán «el de las cinco castas» Parte IV
—Señora —dijo Ramán a la anciana—, no tenemos con que pagarle, pero querríamos comer algo, tal vez si aceptase que la ayudásemos nos invitaría a un cuenco de arroz.
Luego de un tiempo observándoles, hizo un gesto de asentimiento, y mandó a Ramán a traer sacos de arroz y al hijo a que cobrase junto a la niña. Durante todo lo que restó de la mañana trabajaron sin descanso. Negoy, a cada cuenco que pasaba por sus manos, se le estremecía el estómago, estaba hambriento. Las lecciones de lucha le habían dado hambre, y para colmo, no cesaba de llegarle al olfato el aroma de las especias que la abuela echaba al arroz. Aún así no comió nada, comprendió que la comida no era suya, y además veía a la niña a su lado que tampoco lo hacía. Por otra parte, aprendió pronto el oficio, la niña le mostró como ofrecer la comida sin que el cliente se quemase y como se le daban bien los números al cabo de poco daba el cambio casi sin pensarlo. En un momento en que no había mucha gente le preguntó a la niña:
—¿Hasta cuando estáis así?
—¿Así cómo? —respondió la niña.
—Aquí, en esta tienda, vendiendo el arroz.
—No lo entiendo. Nosotros vendemos arroz, luego dormimos—dijo señalando unos sacos de paja y unas pieles.
—¿Y tus padres? —dijo Negoy algo confuso.
—Se fueron a recoger arroz al campo, vuelven a la noche.
El muchacho entendió que no hacían otra cosa en todo el día que vender arroz, y que gracias a ello podían comer todos los días. Se apenó un poco y le vinieron pensamientos de tristeza, pero algo le extrañó en la niña, estaba sonriendo. Vio sus dientecillos asomar alegres, y como los ojos se le achinaban un poco al hablarle, y quedó cautivado por esa sonrisa. Aquella ternura, que se veía en la niña, borraba de golpe el infortunio de toda una vida de trabajo. “Nunca he visto sonreír así” pensó Negoy.
Después de un rato la abuela dio comida a cada uno y se sentaron en lo mullido de las pieles del suelo. Mientras comían en silencio, Ramán observó como aquella niña y su hijo se miraban y reían cómplices. Al acabar de comer, mientras limpiaba los cuencos, Ramán le preguntó a Negoy:
—¿Verdad hijo, que es de admirar que esta gente, que para comer un poco de arroz trabaja todo el día, nos haya dado a nosotros la misma ración, cuando solo hemos trabajado la mitad?
—Si, padre.
—Esta gente —continuó Ramán— que forma parte de la casta de los Vaishias, que no recibe lisonjas por eruditos como los Brahmanes, ni alabanzas de guerra, como los guerreros, pero que día a día, merced a su esfuerzo, sobrevive en el anonimato; ¿crees que son los Brahmanes más dignos de ser amigos tuyos?
—No padre, he visto sonreír a esta niña como a ningún Brahmán.
Tras la despedida y el agradecimiento, padre e hijo reanudaron el camino, Negoy se despidió de su amiga y no paró de recordar su sonrisa todo el camino.
martes, 27 de abril de 2010
Sartyanemán «el de las cinco castas» Parte III
El espacio en el que se encontraban, abierto al cielo y sin sombras, incidía sobre aquellos hombres bruñendo sus espaldas y calentando el suelo a donde iban a menudo a caerse. En movimientos precisos se debatían, a cada cual con más esfuerzo; se chocaban los hierros de las espadas, se enzarzaban en luchas de brazos, se esquivaban golpes y se recibían otros tantos. Durante un rato padre e hijo observaron el entrenamiento, hasta que llegó la hora del descanso; como sentían curiosidad, los guerreros les invitaron a descansar con ellos.
Algunos trajeron agua, otros algo de pan, y lo compartieron con aquellas dos personas que habían venido a verles.
—Señor —dijo uno de los guerreros—, ¿quiere que le enseñe unos movimientos de lucha a su hijo? Se le ve muy entusiasmado.
— Claro —dijo Ramán—, pero tenga cuidado, he visto como Negoy corta la leña y temo que usted pueda salir malparado.
Ramán le guiñó un ojo y los otros guerreros rieron; el niño se levantó emocionado, le dieron una espada de madera y estuvo entrenando todo el tiempo que duró el descanso de los otros guerreros.
Mientras, Ramán comió algo con aquellos hombres, a los que preguntó cortésmente por qué eran soldados.
—Hace falta gente que luche y que se defienda por el país —contestó uno de ellos.
—No, me refería a vuestro caso personal, a lo que os ha movido para la guerra, o si es por haber nacido hijos de guerreros.
—Ah —contestó el mismo guerrero, mientras los otros escuchaban atentos—, usted se refiere a los Varnas, a los cuatro grados de ser, las castas.
—Sí.
—Hay muchos de nosotros que sí compartimos ese pensamiento —continuó el guerrero—; nosotros, los Chatrías, somos los brazos de Brahma, y sólo así tenemos un sentido a la existencia. Lo consideramos una partición divina. No podemos comer más que lo que cocinan gente de nuestra misma casta, no podemos casarnos con otra gente que no sea de nuestro grupo, así lo entendemos algunos, y seguimos fiel a nuestras creencias.
—¿Usted a qué casta pertenece? —le preguntó uno de ellos a Ramán.
— De donde yo vengo no existe apenas esta división ni pensamiento —contestó— toda mi vida me ocupé de llevar ganado y comerciar con la leche, aunque ahora soy Sultán, o lo equivalente a un dirigente, allí en Jumea.
Los guerreros parecieron adoptar ahora un aire más respetuoso, y se miraron unos a otros.
Ramán, que observó esta reacción les dijo:
—Tranquilos, he venido a vosotros como padre, porque Negoy tiene inquietudes y quiero que conozca por sí mismo lo que otros le han dicho.
Entonces quedaron callados un instante y Ramán volvió a sonreir.
—Me ha salido un niño muy curioso —dijo, y los otros también sonrieron.
—Y también muy hábil —dijo uno señalando a donde estaba Negoy, que aprendía a esquivar una estocada.
Luego de acabar el descanso, Ramán y Negoy se prepararon para marcharse, y Ramán le preguntó a su hijo, delante de todos:
—¿Verdad, Negoy, que es de admirar la fuerza de estos hombres, la voluntad y la disciplina, y la amabilidad con la que han compartido su descanso con nosotros?
—Si padre —contestó Negoy—, gracias por enseñarme —dijo dirigiéndose a los guerreros.
Cuando se despidieron, uno de ellos, más cercano, le dijo a Ramán:
— Lo que haces te honra.
Los guerreros volvieron a sus armas, y Negoy le contó a su padre lo que había aprendido de lucha, mientras ambos se dirigían al barrio de comerciantes de Lhajsé.
martes, 20 de abril de 2010
Sartyanemán «el de las cinco castas» Parte II
Al acabarse el té, y después de que hubieron probado los Ryghpas, los panecillos salados, Ramán le pregunto a su hijo, delante de los Brahmanes:
—Negoy, hijo mío, ¿verdad que es de admirar la sabiduría de estos hombres, la consonancia en sus pensamientos, la armonía de sus ademanes y el adoctrinamiento de sus palabras?
—Si, padre —dijo Negoy.
—Bien, ellos son llamados la boca de Brahma, pues son la voz que ha de representarlo aquí en la Tierra. Ahora conozcamos a las demás castas.
Uno de los Brahmanes, algo extrañado, preguntó a Ramán por el motivo de su visita, a lo que respondió:
—Mi hijo vino a preguntarme ayer acerca del sistema de castas. Le ayudo a conocer una respuesta.
—¿Quiere que se lo expliquemos nosotros? —habló otro.
Ramán no respondió nada durante un instante y luego, mientras se incorporaba, dijo:
—Tanto mi hijo como yo les agradecemos sus enseñanzas, recordaremos este desayuno; aunque la respuesta que él busca no pueden dársela ustedes, ni yo tampoco.
Y padre e hijo se fueron, dejando atrás a aquellos maestros algo indignados, que sospechaban una enseñanza que les rebajaba.
martes, 13 de abril de 2010
Sartyanemán «el de las cinco castas» Parte I
—Hola hijo —dijo Ramán abriendo los ojos—, ¿qué te preocupa?
Negoy se sentó entonces en su regazo.
—Padre, ¿con qué niños se me permite juntarme? ¿Con quién es preferible que juegue o que hable?
—Pues con aquellos que tú elijas, claro—dijo el padre— , ¿por qué esa pregunta?
El niño titubeó, y miró a su padre como buscando la verdad en lo que había dicho.
—Pedwa, una niña que está en la escuela, me dijo que había varias clases de personas, y además yo lo he visto, adentro en la ciudad; unos van bien vestidos y hablan bien, otros, que luchan, son más fuertes y van armados, otros son más pobres, y hay otros que he visto, que parece que se van a morir pronto, y la gente se aleja a su encuentro. ¿Con quien puedo jugar yo?
Ramán comprendió entonces, su hijo hablaba del sistema de castas.
—Ve por ahora, Negoy, luego te responderé.
La situación en Jumea era así: al ser una ciudad-poblado donde la mayoría se dedicaba al cultivo de tierras y tareas semejantes, nunca había existido esa diferenciación que sí se daba en las ciudades más habitadas e industrializadas. Ramán se había dado cuenta, gracias a la pregunta de su hijo, que aquel sistema de castas de las ciudades vecinas estaba comenzando a darse también en Jumea.
Después de que hubo pensado durante la tarde, fue al cuarto de su hijo cuando se preparaba para dormir.
—Descansa Negoy, mañana marcharemos a la ciudad, y te daré una respuesta.
Al siguiente día temprano, padre e hijo anduvieron callados hasta que se internaron en Zadhua, así se llamaba la ciudad más próxima. Atravesaron calles atestadas de mercaderes ambulantes, encantadores de serpientes, faquires y yogis, adoradores de Shiva o de Vishnú, o de Krishna o de Ganesha, vieron gente que reverenciaba ante las estatuas, que pedía limosna o que encendía incienso a la puerta de algún templo. Desfilando ante sus ojos una ciudad con un ritmo y un bullicio al cual no estaban acostumbrados; los bazares se sucedían repletos de alhajas, de telas de mil colores, de pieles de todo tipo. Vieron también muchos puestos de animales, cientos de sacos con especias o infinitas cestas de fruta.
Después de una caminata, ante un palacete amarfilado, se detuvieron.
—Ahora veremos a un grupo de Brahmanes —dijo Ramán— y desayunaremos con ellos.
Negoy siguió a su padre entre las laberínticas estancias hasta que dieron con un salón principal, donde estaban reunidos aquellos hombres. Tras las presentaciones y después de que hubieron acreditado el sultanato de Ramán, le invitaron a sentarse y desayunar con ellos.
martes, 6 de abril de 2010
Srijeimán «el que ofreció leche de su vaca» Parte II
Karfú y la familia de Ramán le siguieron cuando se dirigía a la entrada, donde se encontraba aún el grupo de hambrientos; bajo unas escalinatas de mármol se hallaban, apretujándose, hombres, mujeres, niños, agitando los brazos y con las facciones acentuadas por la desesperación. Algunos de ellos extendían la mano, otros se las llevaban a la boca, otros se tocaban la tripa y gemían, o lloraban, y así permanecieron entre súplicas y lamentos, mientras un grupo de soldados los mantenía fuera de palacio. Solamente se calmaron cuando vieron cómo el nuevo gobernante, el actual sultán de Jumea, salía sin escolta y con una vaca caminando junto a él.
Ramán se detuvo entre aquellos pobres y les habló:
—Vosotros, que sois el pueblo, sois a quienes he de intentar corresponder, como gobernante, y ahora os correspondo con esto, una verdad. No existe forma de salvaros, no una definitiva ni drástica, puesto que los que sois pobres lo seguiréis siendo aún durante mi mandato.
Aquellos hombres, confusos, se miraron unos a otros. Sus rostros estaban inquietos, y repelían con la mirada a aquel nuevo rico que intentaba persuadirles.
—La mansión de dónde he salido no me pertenece —continuó Ramán—, los lujos y el oro que en ella se encuentran tampoco. Hablaré para que la gente interesada en ellos vea la importancia de ayudaros, pero ellos no la querrán ver, y antes esgrimirán diez mil excusas que dar de comer a una boca hambrienta. Esa es la verdad.
Una mujer andrajosa maldijo en alto, quejándose de los ricos. Y Ramán se volvió hacia ella, reprendiéndola.
—No has de hacer eso puesto que no es un problema de riqueza o pobreza, sino de conciencia. Espera.
Y se acercó a su vaca, sacó dos cuencos de una bolsa y comenzó a ordeñarla hasta haberlos llenado los dos.
—Karfú —le dijo a aquel, que se había acercado y estaba observando—, coge uno de estos cuencos repletos de leche y dáselos a quien tú quieras.
Karfú, que jamás se había visto mezclado en una situación así titubeó un poco, pero al final se decidió, y fue a darle el cuenco a un anciano, que era de los que más pedía. Nada más recibirlo, aquel hombre se lo llevó a la boca con unas ansias tremendas, tanto que derramaba la leche por la comisura de la boca, y se la bebió de un trago.
La gente se conmocionó, la esperanza de ser el próximo afortunado les invadió y no pensaban en otra cosa que no fuera aquella leche. Ramán cogió entonces el otro cuenco, y caminó entre ellos, entre esas decenas de ojos que miraban con gran estímulo y deseo. Uno de ellos, algo más apartado, le pareció el hombre indicado, y fue a fijarse en sus ojos, y el hombre en los de Ramán, hasta que le dio el cuenco.
Fue para sorpresa de muchos que este hombre, necesitado de comida como estaban todos, fuera a donde un niño que había junto a su madre y le diera de beber la leche.
Y las miradas se dividieron; unos miraron a Ramán, otros miraban a aquel hombre que había renunciado a su único alimento en muchos días, otros, a la mujer a quien iba dirigida la lección, y otros al anciano que se había bebido todo el cuenco, que ahora, avergonzado, hundía su cabeza al pecho. Y asimismo también se avergonzaron los que habían compartido el mismo pensamiento que él.
—Pensad en dar antes que en recibir —dijo por último Ramán—, y eso os colmará del buen sentimiento que hace felices nuestros días. Si queremos cambiar a los ciegos de arriba, debemos agudizar nuestra propia vista antes.
Un hombre desnudo se le acercó:
—Señor, ¿pero qué quiere usted que yo dé? Si no tengo nada que llevarme a la boca. Estoy hambriento. No tengo ni una triste tela que cubra mi cuerpo.
Entonces se adelantó Karfú adonde él estaba, se quitó su túnica y se la entregó.