martes, 8 de diciembre de 2009

El otro camino

Alguien con un mapa y una granada de mano se me acercó.

- ¿Podría decirme donde queda el fin del mundo?

Hablé sin mirarle a la cara, tan solo pasando los dedos por el mapa.

- Tiene dos caminos. En el primero ha de coger la calle de la Avaricia, cruzar por la avenida del Sufrimiento, pasar por la plaza de la Ingratitud a la izquierda, atravesando la calle de la Intolerancia y yendo por la travesía de la Estupidez Humana, allí lo encontrará.

El hombre se dejó caer al suelo abatido de cansancio. Tiró el mapa, desunió la anilla del artefacto, y me miró.

- Ese era el otro camino.

martes, 1 de diciembre de 2009

Aquí permanezco

Esa es la gran diferencia; a los pobres se les llama locos y a los ricos excéntricos. La misma locura, distinto trato, y una vez más la justicia se esconde. La Biblia dice que los últimos serán los primeros en el reino de los cielos. Yo digo que los últimos seguirán siendo los últimos, por los siglos de los siglos, amén. ¿Qué donde vivo? Habitación 103 ¿Que cual es mi familia? Estas paredes blancas, yo, y nada más, nada. ¿Qué si estoy loco?
El personaje se ríe exageradamente.
Después de tres años aquí encerrado les aseguro que ninguno de ustedes podría contestar a eso, este es el mejor lugar que conozco para volver loco a alguien que no lo está. Imagínenselo, un mundo donde el cielo es completamente blanco por el día y completamente negro por la noche. Aquí nada existe, a menudo me pregunto si yo existo. La realidad se desvanece y los sentidos dejan de ser útiles. Es igual que estar ciego, porque no veo más que blanco, es lo mismo que estar sordo porque no oigo más que mis pensamientos. ¿Huelen?
El personaje hace el gesto de olfatear.
¿No, verdad? Porque aquí no huele a nada, ni bien, ni mal, nada. Llegados a este punto ¿Quién sabe si lo que recuerdo es real? Puedo haber vivido alguna vez en la ciudad como recuerdo, pero también puedo habérmelo imaginado. ¿Los médicos? Al principio se lo dije muchas veces y se lo repetí otras tantas, pero no me escucharon, me oyeron pero no me escucharon. Cada vez que pareces un poco cuerdo te drogan y te someten a tratamientos ¡Tratamientos horribles!
El personaje pone cara de terror.
Al final he decidido convertirme en el loco que ellos quieren que sea. Ahí llega, el Dr. Barces.
El personaje cambia su ánimo. Enloquece.

martes, 24 de noviembre de 2009

Apología patafísica

Bienvenidos seáis a las claridades de la nefasta Absurdia, dónde hasta las letras se descomponen, y las palabras se hacen trizas. Pasen y vean; aes escurridizas, erres bulliciosas, íes extraviadas, déjense sorprender por los cánticos inescuchados de las otras palabras, de las que nunca se supo nada:

He redorlado harapiencos estarnuzos volempaguear ransones incelubres, hemisfatios ganchidos se gondoleaban acurrenamente con plator e irñamería. ¡Desmanucar de suestras horlazas caspíretos de la patafísica!

Los rupilas sempidérnicas acullaban de sus lamadares. Y el blede clapitar de sus abenarucos coromeaba en risgos de anedal. A la bid se enortesían pártales y orleantas, cunda los farretarios que lehan sin cartugear. Las córulas de instierno se evalopaban de insteláneo, e insajían corpintas, e ilmanaban cróadas. Díntares acrobiánticos semanaban dulotes serenáuticos, moleban sus revaldos y corollaban hucaveres.


*Nota: Cualquier palabra que exista de verdad no es más que el fruto de una casualidad muy casual.

martes, 17 de noviembre de 2009

La calle de los infortunados

Olía a grasa quemada, y a mucho más de lo que estaba dispuesto a reconocer en el momento. Los locales a uno y otro lado de la calle despachaban un olor a vicios impuros, a pecados inconfesables. Algunas de las chicas que habíamos visto horas antes pasear con sus melenas acicaladas y sus rostros perfilados por el maquillaje, de porte casi glamuroso, ahora se nos aparecían a cada esquina dando tumbos, agarrándose a cualquiera, las caras ajadas, los labios roídos de rojo, manchadas de lágrimas y otros fluidos, la ropa a medio poner, o a medio quitar, los pelos enmadejados y quizá algún tacón roto.

Algunas farolas parpadeaban, otras no se encendieron ya en toda la noche, las que más no despedían sino una luz anémica que se derramaba por el suelo enfermando los adoquines y haciendo palidecer las botellas de cristal vacías. Era tarde, más o menos la hora en que la indecencia sale de su escondrijo y los rincones oscuros eclosionan de personajes tan inquietantes como singulares. Y allí estábamos nosotros, los cuatro de siempre, solo que ahora más juntos y cabizbajos, casi nos daba miedo levantar los ojos del suelo, por lo que pudiésemos ver. A cada rato alguno se inclinaba un poco y echaba un vistazo rápido.


En una de las calles vimos a una rata de lomo encrespado, que se desplazaba nerviosamente de una alcantarilla a los bajos de un coche, y luego a un contenedor, y luego se fue a meter en uno de esos locales de neón, y las chicas, a media faena, salían despavoridas y a chillidos, sin importarles lo poco o mucho que se las viera la carne. Entonces recuerdo que nos reímos de lo lindo con el panorama, de cómo unas rivalizaban por subirse a los coches, y otras corrían calle abajo con las bragas en la mano.


Por los sitios más recogidos se adivinaban siluetas que se agitaban a oscuras, hombres y mujeres que jadeaban y susurraban al vaivén de ritmos toscos, y de pronto se detenían y se separaban cada uno por un lado. Una chica joven de no más de veinte años nos enseñó sus brazos plagados de picadas, sus dientes pútridos y quiso que le diésemos algún dinero por una mamada, al lado un hombre tenía los ojos en blanco y en el brazo una jeringa. Y apresuramos el paso, desoyendo las súplicas que nos venían de atrás.

Recorrimos calles donde los individuos andaban extraviados, pasamos por al lado de hombres echados en el suelo, mojados de orín y vómito, de aliento etílico, viejos que resollaban, que lloraban por el abandono de algún ser querido o por el amor de una puta, o por ambas cosas. Eran los hombres infortunados, los caballeros andantes que habían dejado de ser caballeros, en búsqueda de aquellas princesas que ya no lo eran. Y de perdices ni hablamos.

Nos apercibimos de una gran cantidad de verdades esa noche. Lo de cruento de la existencia que puede darse para unos pocos, por una azarosa calamidad o por los caprichosos devaneos del destino, y supimos que habríamos de luchar para que aquello no se nos viniera encima. Aquel barrio se nos reveló como escuela de una noche, cuyos maestros fueron los inquilinos de la calle, que a golpe de perderse ellos nos ilustraron las más profundas lecciones.


Al amanecer se acabó nuestro peregrinaje, volvimos atrás nuestros pasos sin decir palabra. Cuando llegué a casa me metí en la cama, aunque no me dormí hasta un rato después. Sospecho que a los otros les ocurrió lo mismo. Solo fuimos esa única vez, ahora no recuerdo a quien del grupo le hizo ilusión ir allí, en busca de experiencias nuevas, pero todos creyeron que era buena idea. Yo al principio también lo creí.

martes, 10 de noviembre de 2009

La zona oscura del palacio

- ¿Dónde se las puede encontrar?
- Ellas viven en una mansión igualmente insólita. De sus cimientos fluyen las fuerzas antagónicas que combaten a diario. Desde fuera, los vientos, el céfiro y el bóreas ancestrales, se arremolinan cada uno a un lado del edificio, dando uno las emanaciones primaverales y arrojando el otro los hielos y el frío cortante del invierno.
- Continúa.
- Nada más entrar se te rebela la dualidad del palacio, que está partido en dos por una línea que no se percibe. En el mismo centro hay una cama donde ella se guarece cuando es neutra. Luego, depende del día, que se levante de un costado o de su opuesto.
- No me lo digas, a una parte se encuentra el mundo de Itaresey, donde todo es ensoñación y gratitud, ¿verdad?
- Verdad.
- Pero yo quiero que me hables del otro sitio, ¿qué se encuentra en la otra parte?
- ¿Por qué será que vosotros, necios y otra vez necios, nunca os contentáis? Siempre queréis conocerlo todo, acerca de lo otro.
- Es nuestra condición, ya lo sabes.
- Bien, lo sabrás. La estancia de la diosa macabra la forman unas paredes de ébano de las cuales sobresalen a lo largo y ancho porciones humanas que se agitan, y otras formas irreconocibles. Del techo, que es amasijo de dientes y huesos astillados, gotean incesantes sustancias mucilaginosas y en el suelo queda desprendido lo viscoso y lo sangriento. Y así, todo lo que te circunda es ornamento tétrico y fúnebre. Brazos arrancados de cuajo surgen de las paredes sosteniendo antorchas que iluminan el mayor museo de los horrores; escaleras alfombradas con pieles humanas, columnas que son conglomerado de rostros difuntos, pasadizos donde se hacinan cientos de fetos aún móviles, chimeneas donde se está quemando siempre algo vivo…
- Por dios…
- Tú lo has dicho.
- ¿Qué más?
- Los sirvientes de Yeresati deambulan lánguidos por los pasillos, en una eterna postración, siendo mezcla de rostros cadavéricos y cuerpos consumidos, cumpliendo las órdenes funestas de su ama, olvidando a cada instante sus retinas cuanto de terrorífico han visto, y volviendo a recordar momentos después. Así contribuyen estas almas en pena al mundo de lo lóbrego, paraíso de monstruos y edén de la perversidad.
- ¿Quieres saber más?
- Si.
- Por todas partes, emanando de debajo del suelo, de detrás de las paredes, del interior de las columnas y sobre el techo, una cadencia escalofriante, melodía de voces de niños aullando de dolor, ruido de huesos rompiéndose, murmullos lastimeros, gemidos de agonía, ruido de cuerpos chocando contra el suelo desmembrándose del impacto, sonido de hierros hendiéndose en la carne, uñas partiéndose contra la pared, la música del averno.
- ¿Más?
- Si, si.
- Están también las puertas, innumerables umbrales que llevan a terrores calamitosos. Se habla que cada uno muestra una desgracia, una de esas que hace enloquecer. En esas habitaciones se guarda todo lo tenebroso que pueda ser enseñado al ser humano.
- ¿Y qué más?
- Ya no más.
- Pero, ¿qué hay dentro de las habitaciones?
- Es una estancia prohibida, te lo aseguro.
- Ya, pero quiero saber.
- ¿Entrarías para averiguarlo?
- Eh…sí.
- Así sea hijo de Adán, necio y otra vez necio.

martes, 3 de noviembre de 2009

La señora sin reverso

- ¿Sueñan los dioses?
- Ella sueña con bebes ahorcados.
- ¿Qué tipo de diosa es?
- Es Yeresati, la diosa Macabra.
- ¿Qué atributos tiene?
- Todos los relacionados con lo grotesco, con lo depravado.
- ¿Y la otra?
- La otra es Itaserey, la de los atributos esbeltos, la de la lírica y los perfumes, y los sueños apaciguadores. La diosa Delicia.
- ¿Y qué pasa cuando se encuentran las dos?
- Eso no pasa nunca…y pasa siempre.
- ¿Cómo?
- Las dos son la misma persona, la una es la espalda de la otra.
- Explícamelo para que lo entienda, anda.
- Mira, nadie sabe como se gestó esta criatura del cielo, la más insólita de las que haya visto ojo humano o divino. Su cuerpo parece partido por un espejo invisible y duplicado casi de la misma forma en el extremo, hay momentos en los que es difícil distinguir donde acaba uno y empieza otro. También es llamada la señora sin reverso.
- La señora sin reverso… ¿y es…son…?
- ¿Hermosas? Las que más. Piel roja por una cara y azul por la otra, sus brazos y sus piernas están articulados de modo que pueden extenderse y flexionarse a ambos lados por igual, pero esto de una forma tal que no hace sino aumentar el erotismo de un cuerpo de mujer.
- ¿Pero es posible esto?
- Claro que lo es, olvidas que es una diosa. Brahma tiene cuatro cabezas, Ravana veinte brazos y ella absorbió lo que llaman belleza ambimórfica. Y va siempre desnuda, imagínate lo que es eso para el panteón.
- Ya, ¿y cómo son?
- Tendrías que verlas para hacerte una idea. Solo te diré que Itaserey tiene los ojos verdes, y Yeresati ojos negros. Una embelesa con la mirada, la otra te clava las pupilas. Una de labios verdes y la otra de labios rojos. Una besa, y la otra muerde.

martes, 27 de octubre de 2009

El iluminado

De súbito toda existencia se detiene. Cesa el ritmo, acalla el movimiento y enmudece el universo. Una hoja a medio camino entre su rama y el suelo, y el fulgor de las estrellas abandona sus trémulos.
Y es en ese instante, en ese segundo infinito, en el que hasta el aire deja de fluir en el momento en el que se desprende de mi aliento. Es, pues, cuando lo alcanzo; yo, de tantos otros muchos que lo buscaban. Veo, no, siento la buenaventura cuando la luz se apodera de mí, me traspasa y me tienta. Mi mente recuerda en movimientos espasmódicos; personas, paisajes, animales, sonrisas, llantos, abrazos, e incluso me veo a mí mismo, a mi yo-cansado, a mi yo-pletórico, a mi yo-deslustrado y a mi yo-esplendoroso. Todas estas visiones me rocían su gracia y, al final, como una certeza enceguecedora que me golpea desde arriba, una eyaculación mística de la que bebo hasta saciarme. Una inmensa calidez me imbuye y se que ya no soy un hombre.
La hoja cae, el movimiento incide de nuevo sobre todas las cosas. Lo inane se torna majestuoso, lo tosco adquiere finura y mis manos pueden abarcar el mundo. Ahora soy un iluminado.

martes, 20 de octubre de 2009

Mi mundo

Mueve, metamorfosea, muta. Mi mundo muestra minutos malos, momentos mejores…

Mares murmuran meneando milenarios, montando marejadas, meciendo marineros. Magnas montañas, majestuosas miradoras, muestran montículos mellizos. Manantiales manan milagrosos, miríadas meteóricas motean mantos morenos. Madrugadores mininos maúllan música, mientras merodean mansos. Mirlos momentáneos maniobran modulando matinales melodías. Manadas mamíferas moran masticando mies, mugiendo, mostrando manchas. Miríficas madreselvas medicinales maduran, marañas, matorrales, múltiples matojos modelan montes. Mozart monta músicas magistrales mientras Moliere manuscribe manteniendo musas, Marcel Marceau mimo magnífico, Miguel Ángel moldeando Moisés, Mendelsohn marca marchas maritales, Mahatma musita mantras místicos.

Mas…

Metrópolis multiplicadas, mundo masificado, maniatadas multitudes. Mediocres mentiras; mueren muchedumbres mientras mandatarios manejan millones mirando malabares monetarios. Misas matinales mascullan monsergas mientras monseñores mercadean, morando mansiones marmóreas. Mediocres matones maltratan mujeres marcándolas moratones. Ministros movilizan milicias, magnates mundiales maquinan misiles, masacrando miles; mártires muertos, macabros matadores. Máquinas mortíferas, monstruos metálicos machacan muchachos manifestantes mientras marchan, memorias marchitas. Modas multinacionales manipulan mentes míseras. Manos mostrando martillos, manidas metralletas manifiestan matanzas, molidas murallas. Mauthausen mortifica, Mengele momifica maldades mutando menores, Mussolini manda morteros mutilar masas mestizas.

Moraleja: Mantente moral, marcha madurando, muere merecedor.

martes, 13 de octubre de 2009

Las doce

El bramido de un suizo se alzó en pleno villorrio, espantando las aves cercanas. Gritó varias veces más, seguidas y tenaces, y nadie se conmovió lo más mínimo. Horas más tarde sucedía lo mismo en una casita de estampa victoriana en Londres; un sobresalto en el silencio, súbito y alarmante, una figura alta se desechó en ruidos que se repetían y los gatos de la casa entornaron sus orejas en manifestación de sorpresa, y tampoco nadie hizo nada. Sucedió que la misma circunstancia sobrevino en una favela, al este de Río de Janeiro; de uno que, sin haber escuchado al suizo ni al inglés, emitió un sonido de semejantes características. Y se volvió a dar la misma circunstancia; la gente, antes tales recalcitrantes alaridos, presentaba un indiferencia ignota, algunos incluso miraban de soslayo, pero en verdad que ninguno de ellos le dio una mayor importancia. Esto mismo, este incidente que, a la sazón, siempre era de carácter nocturno, se produjo asimismo y de forma consecutiva, en Sant Lake City, y más tarde en Tijuana, en Brunei, Jakarta, Calcuta, Volgogrado, Ankara, y así, después de un tiempo, volvió a sucederle al suizo; justo en ese momento en que las dos agujas se acoplan y los resortes y goznes de sus tripas saltan. Las doce de la noche había dado la vuelta al mundo.

martes, 6 de octubre de 2009

El último árbol

Cuando y de qué forma escarbó la tierra para salir a la intemperie no se conoce. “El vetusto de la Tierra” como lo llaman, corona una larga avenida de cemento y plástico en una ciudad que comenzó a hacerse a sí misma cuando él ya se arrugaba. La estampa de su cuerpo contraído y mellado por infinidad de luchas contra viento y agua representa acaso el último vestigio de vegetación, del tiempo en que el hombre, aparte de ser hombre, era muchas otras cosas.

Tiene la piel hecha jirones, aquí y allá presenta grietas de madera como cicatrices de guerra, las ramas se abaten contra el suelo, peladas, a años luz de aquellas que llegaron a cobijar sombras que se han perdido. De cada pedazo del último árbol se adivina el deslizarse de cientos de años. La decadencia imparable. Este coloso anciano puede jactarse de haber encubierto en su seno los devaneos amorosos de algunas de las especies antiguas; ardillas, o lechuzas, colibríes, monos y demás especies extintas hace doce siglos. Ahora ya no parece sostener ni el aire.

Muy a menudo vengo a verlo. Desde el otro lado de la urna de cristal que lo envuelve estudio su forma e intento comprender un organismo tan complejo. Algunas veces me parece que luce una expresión majestuosa, como si tuviera la resolución de perdurar hasta el final de los días, otras veces reparo en algo de entre sus ramajes que me suscita un desánimo, y parece que aquel gigante tiene ansia por desaparecer y volver de nuevo bajo el humus. Hay otras veces en que ni encuentro lo uno ni lo otro. He visto como los turistas le escupían flashes sin ni siquiera mirarlo por fuera del objetivo de sus cámaras, pero yo lo he contemplado hasta que me han escocido los ojos.

He fantaseado con la idea de que sus ramas se mezan en un alarde de satisfacción, e imagino que la lluvia arrecia y el cristal se rompe, y voy a sentarme junto a él que me acoge entre sus hojas como a un retoño, bajo la madera húmeda fluye la savia, y yo, que puedo beberla. Casi siempre soy ese árbol, de mi sangre y sus raíces subyace la misma verdad. Si el último árbol de la Tierra pudiese ver algo, vería recuerdos.

De los otros árboles se sabe que ya no existen y que nadie los echó en falta. También éste lo hará, tarde o temprano.