martes, 23 de marzo de 2010

Aridemán «el santo del árbol»

No supieron cómo les había hablado a los elefantes, no sabían adónde había ido. Se oyeron comentarios de que ya no volvería, pues había muerto; se habría infestado de la peste o habría recibido el castigo divino. No tuvieron noticias suyas, ni siquiera su familia, hasta que unos niños lo vieron encaramado a lo alto de un árbol grande —un botswe—, no muy lejos del poblado.
— Estaba muy arriba —dijeron los muchachos—, sentado en una rama. Y tenía los ojos cerrados, como si durmiese. Pero no dormía.

La esposa de Ramán, cuando se hubo enterado, se tranquilizó, murmurando:
— Es el Padsnem, es su retiro. Ya lo hizo cuando murió nuestro primer hijo.

El segundo hijo de ellos, que lo oyó, le preguntó curioso. Ella, por toda respuesta, dijo:
— Tu padre dijo un día: «Leerse un libro y no pensar en él, es como no habérselo leído. Si después de cualquier acción no reflexionas sobre ella, se convierte en una experiencia fútil, de la que no aprendes nada».
Y ella, el hijo y la familia entera dejaron de preocuparse.

Ramán, por tercera vez en su vida, buscó ese momento de Padsnem, en el que uno se retrae de todas las demás cosas para fijar la atención en sí mismo. Padsnem era el aislamiento en el que se tiene un conocimiento de la experiencia pasada.
A cincuenta metros del suelo no realizaba nada más que no fuese esa abstracción. Era verdad que no dormía, y tan solo bajaba para beber del arroyo y comer cualquier cosa, luego volvía a subir.
Con gran paciencia comenzó por recordar desde los primeros momentos de su vida, y los pensaba, como si pudiese revivirlos por completo. En cierta forma era como si lo hiciese. Así hasta que llegó a los recuerdos más cercanos, a lo ocurrido en el poblado, a la muerte de los elefantes. Le vinieron imágenes de los días en que se había marchado con la manada, imágenes del continuo batirse de las grandes orejas, del arrastre pesaroso de las pezuñas contra el suelo, y el balanceo de las trompas. Ramán había caminado con ellos; no los había guiado, tampoco los siguió aparte; simplemente se había hecho uno con sus pasos. Anduvo junto a ellos como uno más, hasta que, sobre un claro retirado, poco a poco, uno a uno, murió el último.
Volvió a pensar en sus muertes, recordó lo mejor que pudo cada instante de agonía de cada uno de los elefantes. Se esforzó más por sufrir su pérdida, porque supo que aquello le ayudaría a entender el vacío. A los cuarenta días de estar en el árbol, cuando se celebraba la elección del nuevo gobernante de Jumea, Ramán bajó, y volvió al pueblo.
Ese día fue nombrado Sultán de Jumea, aquel que había salvado a su pueblo de la peste elefantina, aquel al que algunos llamaban Aridemán «el santo del árbol».

3 comentarios:

Blonde Redhead dijo...

Todo pasa por algo... desde luego y a veces hay que indagar incluso en los hechos sufridos para, bien como tú dices, entender ese vacío.

Pero que bien escribes, niño :)

Favole dijo...

¡Hola!
Como bien has dicho en tu comentario en mi blog, hoy en día es difícil no seguir la corriente como borregos... Y muchas gracias por tu comentario :)
Ya nos contó el tío de Carlos, Juan Carlos, que te conocía desde hacía bastante... El mundo es muy pequeño

Por cierto, si quieres este viernes por la tarde o el sábado por la tarde podemos quedar para hacer un café en un bar/galería de arte que han abierto hace poco. Es de un amigo nuestro. Dime que día te va mejor y te lo enseñamos,¿vale?

M.

Darka Treake dijo...

Hola de nuevo. Vengo reafiirmándome.
Qué grande es el Sr. Iskandar, es un sabio!! (Y uno místico, añadiría)

La reflexión sobre el pensamiento es grandiosa, y con el ejenmplo del libro ya la has terminado de bordar. Me ha encantado, todos deberíamos hacer ese retiro, descubrirnos, encontrar el por qué (causa y consecuencia) de los actos, de las cosas que nos acontecen.

Me preguntaba dónde fue Erhemán, o Ramán, o Aridemán... Y ahí estaba, pensando en qué otros dos iba a convertirse en tus próximas entradas...
Estaremos atentos!! impacientes!

Cuidate!
Darka.