martes, 8 de septiembre de 2009

Nageena y la sombra de una higuera

Nageena era una niña de cabellos rojizos, cara sucia y ojos avispados. Siempre se la podía ver en el camino, cubriendo el suelo con la mirada, estudiando las huellas de pisadas que surcan la tierra. No participaba en el juego de los otros niños de la aldea, no se bañaba con ellos en la madre Ganga, ni se juntaba con nadie para las comidas. Cuando, curiosos, los hombres de la aldea le preguntaban por su actividad ella respondía que estaba buscando, cuando le preguntaban el qué, se limitaba a encogerse de hombros.

Una día un Brahmán* pasó por donde vivía Nageena, encontrándose con el padre que vivía con ella.
- Vengo a preguntarle por su hija, la del camino – le dijo el Brahmán – por su actitud insólita y que desconcierta a los niños y a los viejos.

El padre de la niña le dijo: yo no puedo decirle nada de eso porque es ella, la que por voluntad propia, se dedica a escrutar el sendero. Y si está en la búsqueda de algo, confío para que lo encuentre.

Le pareció al sacerdote que aquel hombre tenía un halo distinguido en los ojos, de aquellas miradas que condensan una sabiduría escondida, y añadió:
- ¿No estará, tal vez, buscando la niña a su madre?

El padre de la niña le dijo: no porque mi hija y yo la vimos morir y echamos sus cenizas al río. Nageena sabe que su madre reside ahora en un lugar donde no puede encontrarla, así que no la está buscando a ella.

El Brahmán tras esto último sintió más curiosidad:
- ¿A quién busca la niña entonces?

El padre de la niña le dijo: Nageena desde muy pequeña sabe apreciar las huellas de pisadas, las ve y sabe leer a través de ellas, y sabe de la persona que las ha grabado. Si usted marca el suelo, y ella se detiene a observar la huella, tenga por seguro que está leyendo un libro de su vida.

El Brahmán, algo desconcertado, fue al camino a ver a Nageena. La encontró llorando, pletórica, sonriente y bajo una ferviente excitación. Ha encontrado algo – adivinó el sacerdote, y ella le señaló unas pisadas, y los dos las siguieron. Y así el Bramhán y la niña fueron a parar donde la sombra de una higuera envolvía a un hombre que meditaba, completamente inmóvil e irradiaba la más pura de las verdades. Y este hombre era la encarnación del dios Vishnú, al que llamaban Siddhartha.

La niña había estado buscando el despertar de un hombre, y lo encontró, a la sombra de una higuera.


* En la religión Hindú, miembro de la casta sacerdotal.

4 comentarios:

Darka Treake dijo...

Vaya, Iskandar...
Qué grande, qué bueno...
Con ese aire místico, en busca del cuento con moraleja, me ha recordado (me estás recordando) a Paulo Coelho... Nop?

Me ha gustado mucho...
De verdad, que mucho.

Leerte es relajarse y viajar a la exótica India...
Genial.
Sigue así.


Un abrazo!
Darka.

PS: Esta tarde vamos a Costitx a guerrear. Si te animas, llámame!
vente un rato!

Favole dijo...

Me ha gustado mucho esta entrada. Se te dan muy bien este tipo de relatos, ¿eh? además, son temas poco explorados, que no mucha gente se ha atrevido a relatar...

Yo a ver si me pongo con el blog, que lo tengo algo abandonado...

Un besazo, pelo whiskey

M.

Iskandar dijo...

Gracias querubían, gracias cortocircuito ;), por vuestros comentarios. De verdad que los valoro mucho. Me gusta el hecho de poder devolveros, en parte, los ratos agradables que he pasado leyendoos a vosotros.

¡Un beso a los dos!

P.D.: Darka, en realidad mi fuente de inspiración ha sido Herman Hesse, por otra parte, de mis escritores preferidos.

P.D.: Macarena, aun no pillo lo de pelo Whiskey, y me pregunto ¿sera mi pelo un Jack Daniels o un Ballantines?

Cristina Puig dijo...

Que historia más mágica y más chula, me ha encantado. Herman Hesse! tengo toda su obra:)aunque la verdad es que no lo he leído todo, solo algunas pero escribe...
Me gustó muchísimo la historia, creo que debería ilustrarse como mínimo:) un besote!