martes, 15 de diciembre de 2009

La soledad de los gatos

Algo hay de triste e insondable, de demasiado humano, de atmósfera cifrada; existe un poco de todo esto que se desprende de la mirada de un gato. Quienes observen con dedicado ímpetu, aquellos que hayan detenido su ojo lo suficiente sabrán de lo que hablo.

Animal de los mil avatares, es rey y majestad cuando su aspecto reclama de la tierra su dominio – los adoquines, la alfombra, el parqué, todo parece reverenciarse a lo mullido de sus patas – y es humilde servidor cuando curva el lomo y zigzaguea entre las piernas de uno reclamando el contacto de una mano amiga.
Cuando come lo hace con el regocijo de los infantes, cuando bebe adopta la sutileza de una mujer, juega con la travesura de los chavales y duerme igual que los ancianos, pues se acurruca como ellos para que no se le vaya la vida en sueño. Tiene la curiosidad de un indiscreto, la altanería de un soberbio, la reserva de los desconfiados y la entrega absoluta de los creyentes. Es un arisco cuando defiende, a uñas y dientes, su territorio, y asustadizo cuando a esconderse va, bajo la cama. Es, a la vez, hogareño y callejero, buscador y perezoso, inquieto y manso, tratable y huraño.
Un gato, a la vez, es muchos gatos.
Pero hay algo peliagudo y turbador cuando de entre sus muchos rostros advertimos uno que no nos es reconocido. A un tiempo de observarlo se tiene una leve intuición de que un entendimiento supremo anida oculto bajo los bigotes y la nariz chata. Es en ese instante, que adopta hábitos muy lejanos y se percibe una quintaesencia, cuando de él despierta el avatar de lo insólito. Y uno se siente temblar hasta los tuétanos.

Con la mayor de las prudencias se desliza a donde estás, poseído por fuerzas mayores. Sus movimientos se suceden con consonancia precisa, como si al caminar se prestase del equilibrio de los Elementales, y se detiene a unos pasos. La estática silueta desprende un no se qué de las cosas ancestrales que te abstrae a la contemplación. Tú le miras, él a ti, y lo hace con el poder de unos ojos que parecen ver el más allá, luego se lanza a tu regazo con la ligereza de un suspiro, se arremolina en el menor hueco, y entonces sucede el contacto. Al principio una quietud tensa, luego una vibración queda. Unos segundos más tarde, expulsados de abismos remotos, se desencadenan en su interior los ecos de un rumor que reclama al ánimo. Ése es la vía de comunicación, no un simple ruido sino una frecuencia. ¡De entre el murmullo una voz! La voz de ánimas incognoscibles y abandonadas que residen allí dentro, millar de almas que claman por desasirse del otro mundo, entes de una dimensión clandestina que susurran tras el umbral y habitan en la soledad más profunda, al otro lado de los gatos. El ronroneo de un gato llama a toda la carne de uno si sabe escucharlo.

4 comentarios:

Favole dijo...

De algo tan simple y llano como un gato has escrito un relato muy chulo. Lo interesante no es el relato en sí, sino que veo que tienes bastante estilo y, una cosa que valoro especialmente, mucho vocabulario. Además, sabes hacer buen uso de él.

¡A ver si el viernes nos vemos de una vez!

Un abrazo:


M.

Darka Treake dijo...

ajajajja
Y todo eso por un gato???
ajajaja

Muy muy grande. me ha gustado mucho, Sr. Iskandar, el místico.
Dios, sabes qué? He llegado a ver sus ojos, qué miedo inspiran... Cuando te mira fijamente, dudando si huir o si atacarte hasta perder las uñas...
Sabes, a mí los gatos me dan mucho respeto (es la forma digna de decir que les tengo un miedo horrible). Tuve una gata hace unos años, y estaba como una regadera, me atacaba y eso...en fin, que ahora si tengo uno cerca, desconfío tanto o más de él, que él de mí.

Un saludo Crack!
Oye, 2 cosillas: una contestame al mail, bribón! Y la otra, nos vemos estos días, nop?? Llego con papá noel, para navidad!

Sigue escribiendo así de bien!!
Darka.

PS: Gracias por ambos comments, ajaja, me han gustado especialmente (sobre todo tu intento de explicación de porque falla internet, sublime). Aunque lamento decirte que es que he puesto la moderación de comments, ajajaja.
Hasta pronto!

Lyda de Lost dijo...

¡Por algo los egipcios les tenían tanto respeto! :D

El gato es sumiso de aquel a quien él elige serlo.
Pocos saben apreciar esas cualidades que tú bien has descrito :)



Para acabar mal y pronto: dios, escribes de puta madre!... :P

"...y duerme igual que los ancianos, pues se acurruca como ellos para que no se les vaya la vida en sueño. Tiene la curiosidad de un indiscreto, la altanería de un soberbio, la reserva de los desconfiados y la entrega absoluta de los creyentes."

Ahí me has matao...
El gato es en conclusión, un sin fín de contradicciones.
Es la perfección imperfecta!

Un saludete!

Y sí, he dejado el truño-blog. No tengo tiempo para abandonarlo ni siquiera... :P
Pero x eso no voy a dejar de leeros, a ninguno... que por cierto, leo tambien a Cristina pero su plataforma no me permite comentar (ya sabes el mismo rollo patatero de los coments :S )
Ánimo para ella y mis felicitaciones xq todo lo que he leído es buenísimo ;) ...

Un abrazo! y...
Volveré!! (a lo Constantino Romero)

:D

Cristina Puig dijo...

Estableces un paralelismo entre el gato y el ser humano excelente y a la vez explicas ese halo misterioso y enigmático que envuelve su figura de un modo admirable, encuentras las palabras adecuadas siempre. ¿Cómo lo haces pecador de la pradera?
Como bien dice Lyda los egipcios le tenían gran respeto y lo veneraban de un modo exagerado. La Diosa Bath, la mujer gata, buena y protectora que se transformaba en Segmet, Diosa oscura y una mala pécora cuando se cabreaba (esto último lo sé porque tengo empezada una novela gráfica relacionada con el minino y me estoy documentando;)
Mensaje para Lyda: intenté entrar en tu blog y no pude, es una pena que lo abandones!

Un abrazo crack!