martes, 19 de enero de 2010

Llanto universal

Nadie lo ha olvidado. Hace veinte años que ocurrió y ya no se habla de ello, pero todavía se conserva, aún se piensa y se recuerda, simplemente porque es imposible no hacerlo.

Yo tenía treinta años cuando, por espacio de tres días exactos, se dio la circunstancia más insólita de nuestra generación y, estoy convencido, de muchas que han de seguir; el bautizado «Llanto universal».
Sobrevino de inmediato y súbitamente; una nube de tristeza se aposentó sobre el planeta, una consternación mundial se adueñó de cada uno de los seis mil millones de habitantes. No se sabe a causa de qué efectos —astronómicos, biológicos, mentales, de espíritu— comenzaron a padecerse los primeros síntomas de un desconsuelo profundo. Las poblaciones de todos los rincones del mundo enmudecieron de pronto, las conversaciones se ahogaron, los rostros se miraron confusos, la gente se detuvo pensativa. Y primero unos, luego otros, comenzaron a escucharse los lloros en las calles, en las casas, en las oficinas, en los colegios, en los supermercados, y así los primeros incitaron también al resto a rendirse al antiguo instinto. Todo el mundo lloraba.
Recuerdo el abatimiento y el desgarro que sentí, cuando notaba inundarse dentro de mí una pena, ajena en principio, y luego a cada rato más familiar. Y así me lo han descrito también las personas con las que he hablado de esto, «como si un demonio te empujara a llorar hasta que encontrases tus propios motivos para hacerlo». Y ése es el caso; todo el mundo tenía motivos.
Había quienes lo hacían por los difuntos, se recordaba a aquellos que no estaban, a los desaparecidos, o a las personas de las que, por una u otra causa, se habían separado. Unos lo hacían por desamor, o por una amistad perdida, otros por remordimiento, miedo o por compasión. Algunas personas mayores suspiraban por el olvido, los más pequeños, aunque no sólo ellos, solían hacerlo por la pérdida de su perrito, o la muerte de algún gato, o acaso por un juguete roto. Se lloraba por el recuerdo de una canción, por una angustia vivida, por una catástrofe. Y sucedía a la mayoría que se lloraba por todas estas cosas a la vez, como si el llanto reprimido se desbordase ahora que había sido anulada la contención.

En aquellos tres días tuve ocasión de ver, además, todas las manifestaciones posibles. La timidez propia del acto se había perdido, ya no importaba que te vieran sufrir ahora que el resto del mundo también lo hacía.
Vi entonces los rostros contraídos y las bocas abiertas de quien llora a lágrima viva, escuché los murmullos, apenas inaudibles, de los lamentos apagados, y los llantos débiles de los que lloran en silencio. Observé hombres y mujeres, niños, rostros juveniles y ancianos, los había que parecían ahogarse entre sollozo y sollozo, los que se barrían las mejillas húmedas con el dorso del brazo y los que se escondían la cara entre el hueco de las manos. Y cada rostro hacía distinto acopio de sus lágrimas: se precipitaban al suelo, se desparramaban por la mejilla o se sorbían con la lengua. Las había que rodaban ágilmente por las pieles tersas o que zigzagueaban por las hendiduras de los semblantes arrugados.
Jamás nadie vio tantos modos. Nunca se dieron cabida tantos aspectos compungidos. Llantos de desgarro, lloros que se avivaban con otros lloros, gimoteos que reclamaban, lloriqueos infantiles, suspiros intermitentes… Algunos apenas se mostraban, solo tenían los ojos brillantes, pero lloramos todos.
Y de distinta manera lo hacían unos en soledad, bien porque no tenían a nadie o porque se retiraban aparte, en una tristeza individual. La mayoría optaba por el refugio de la compañía, compartiendo la consternación abrazados a los cercanos.
Al final del tercer día no fue todo sino una sinergia, ya no llorábamos solo por nosotros mismos, lo hacíamos también por el resto. Existió, en un momento de nuestra historia, un verdadero llanto compartido, un llamamiento profundo a todos nosotros.
Después se detuvo. La tristeza se marchó sin más y el mundo entero saboreó esa concordia que sigue al llanto.

Los que hemos vivido el «Llanto universal» no pensamos si no en ese dolor compartido que, dicho sea, nos humanizó un poco. Supongo que la naturaleza es sabia.

6 comentarios:

Candela dijo...

¡¡¡Agujero negro!!!

Lyda de Lost dijo...

Tiene que ser realmente agobiante mirar a tu alrededor y ver que todo se derrumba, a todo el mundo llorando, y más si también sientes que esa angustia se apodera de ti.
El principio de tu relato me ha recordado a la película "El incidente" de Shyamalan[ya sabes que me encanta].

Una cosa está clara, no hay nada más cierto que lo que nos describes aqui:
"Los que hemos vivido el «Llanto universal» no pensamos si no en ese dolor compartido que, dicho sea, nos humanizó un poco..."

Parece que siempre tenemos que llegar a este punto en nuestra vida para sentirnos unidos como personas.

Un abrazo, Maese Iskan!

Ly

Favole dijo...

Aunque parezca mentira, me ha parecido un texto muy esperanzador. Una especie de canto a que todos, algún día, sintamos el dolor ajeno como el nuestro y podamos llorar con nuestros seres queridos para poder luego sentirnos en paz. En los tiempos que corren hoy en día, en vez de eso, parece que la gente se alegra de la desgracia ajena o, peor aún, le es completamente indiferente.


M.

Cristina Puig dijo...

Creo que no vendría mal un llanto de este tipo en los tiempos que corren para humanizarnos un poco más y concienciarnos de paso sobre el dolor que sienten los demás: llorar por aquellos que han sufrido la guerra; por el daño que le estamos haciendo al medio ambiente y al planeta...entre otras cosas.

Como siempre, me encantaron tus palabras. Un abrazo enorme,
Cris

Darka Treake dijo...

Debió ser una gran ocasión para saborear la vida, para darse cuenta de lo que se había perdido, de lo que se tenía, del valor de cada sonrisa, y de cada carcajada.

Gran relato, amigo. Como siempre, a la altura de tus letras.

un abrazo fuerte!!!
Darka.

PS: ¿Por qué fue?

Lyda de Lost dijo...

Darka siempre buscando un por qué xD

jajaja

... hay cosas que no hace falta explicar, quédate con lo profundo del texto ¡alma de cántaro!

:P

Un abrazo, Maese Iskan.